El modelo chavista, ahora en Estambul

A media mañana del 16 de julio de 2016, el presidente turco, Recep Erdogan, decía por cadena nacional que el fallido golpe de Estado que aquel día a las 2.32 de la madrugada comenzó y cinco horas después fue aplastado era “un regalo de Dios”. A continuación, declaró el estado de emergencia y gobernó por decreto. Hugo Chávez, alguna vez, pasó por eso.

De ahí en más, todo fue concentración de poder. Purgas, cambio constitucional, presos políticos.

Exista o no, suele ser de utilidad el enemigo golpista. Por ello, los embates del mandatario turco se dirigen no sólo contra quienes participaron de la intentona o están vinculados al clérigo Fethullah Gülen (exsocio político de Erdogan, hoy exiliado en Estados Unidos, a quien se le atribuye el fallido asalto al poder), sino también contra otros críticos del gobierno. Todos están siendo acusados de traición al Estado, en juicios sumarios a lo Robespierre, pero sin guillotina, por ahora, mientras la pena de muerte no este formalmente aprobada.

En total, 100 mil miembros de la administración pública fueron despedidos (docentes y médicos incluidos) y más de 50 mil personas fueron encarceladas. Son datos oficiales: parece que el fiscal General de Turquía desayuna a diario con su par venezolana, Luisa Ortega, quien desde hace 100 días también viene reflejando lo indecible para el Ejecutivo.

Del otro lado

La oposición juega, como puede, su papel. Mientras el Gobierno celebraba este primer aniversario del intento de irrupción institucional como una “victoria de la democracia”, el líder opositor Kemal Kilicdaroglu (Partido Republicano del Pueblo) lo acusó de haber abusado del estado de emergencia con un solo fin: llevar a cabo un “golpe cívico-administrativo” y convertirse en un “dictador”. Cualquier coincidencia con Henrique Capriles sería táctica, no ideológica, por la abismal diferencia de contextos.

“Injusticia, arbitrariedad y discriminación se han convertido en los rasgos distintivos del régimen”, dijo ayer Kilicdaroglu en el diario británico The Guardian , y perjuró (al igual que la Mesa de Unidad Democrática venezolana) que grupos civiles armados pagados por el oficialismo operan en las calles para disuadir a los disidentes y a los periodistas.

Es que en Turquía también abundan los dirigentes opositores detenidos. El ejemplo más resonante: Enis Berberoglu, diputado del Partido Democrático de los Pueblos, condenado a 25 años de prisión por conspiración. Por ahora no parece que lo vayan a dejar cumplir pena domiciliaria, como a Leopoldo López. Porque, a diferencia de Maduro, Erdogan está en pleno ascenso.

La condena a Berberoglu llevó a Kilicdaroglu –quien no es del mismo partido, pero también en ese país la oposición se une por espanto– a convocar la semana pasada una “Marcha por la Justicia”, de Ankara a Estambul. Fue multitudinaria. Como reacción, el Gobierno organizó ayer una contundente contramarcha, parecida a las que se suelen ver frente al venezolano Palacio de Miraflores.

La ley madre sí se toca

Desde el fallido golpe, Turquía pasó de tener un sistema parlamentario a uno presidencialista. Se aprobó un referéndum de reforma constitucional que otorgó más poder a Erdogan.

Sus críticos consideran que este cambio no es más que otro paso hacia la concentración del poder en su persona.

El diputado Julio Borges piensa lo mismo, pero de la modificación de la ley madre que propone el chavismo, versión madurista para mantenerse en pie.

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