La dimensión humana de la historia

En la “división del trabajo” periodístico, se podría decir que una cosa es “saber hablar” y otra muy diferente “saber hacer hablar”. En ese esquema, Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, se destaca por las declaraciones que logra de sus entrevistados. Y de los testimonios de todas esas personas, unidos temáticamente, recortados y ensamblados con inteligencia, resultan unos libros estremecedores en los que ella casi nunca habla.

Un ejemplo de su particular método de trabajo es Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. Esa fue la guerra que, por extensión y dureza, acaso terminó con la Unión Soviética; de hecho, se la apodó “el Vietnam de la URSS”, que apenas dos años después de su retirada, colapsaba y se desmembraba.

Alexiévich afirma que su objetivo es rastrear “el sentimiento, no el suceso” porque no le interesa la Historia sino “la dimensión humana”. En consecuencia, en la palabra de sus entrevistados se percibe todo el tiempo lo que sintieron durante su participación en la guerra –activa o pasiva, ya que por los combatientes que cayeron, hablan sus familiares– y cómo procesaron todo lo que vivieron.

Algo que se repite, con lógicas variantes, es la idea del engaño: el relato oficial no hablaba de guerra sino de solidaridad internacional, de la hermandad socialista, de los altos valores morales del “hombre nuevo” que se ayudaba a construir en un país que les había solicitado colaboración.

Matar a más de un millón de afganos, vivir el rechazo de la sociedad local, estar a punto de perder la vida a manos de la resistencia y ver de cerca el alto nivel de corrupción de las fuerzas soviéticas –mercado negro de elementos básicos del pertrecho militar y sanitario, contrabando de bienes y tráfico de drogas, por ejemplo–, generan un quiebre ideológico: “Afgán me ha curado –dice un soldado–. Me ha liberado de la fe de que lo nuestro siempre es correcto, de que los periódicos y la tele dicen la verdad”; “¿Hasta qué punto tienes que despreciar a tu propio pueblo para meterlo de lleno en algo semejante?”, pregunta una enfermera.

Publicado originalmente en 1990, el libro le valió un juicio a su autora cuya síntesis y resultado es ahora el último capítulo.

Alexiévich reivindicó su “derecho como escritora a ver el mundo tal como lo veo”, pero de muy poco le sirvió explicar que su libro es “un documento y a la vez mi visión de los tiempos”.

Para su defensa, el Poder Ejecutivo Nacional de Bielorrusia pidió un peritaje literario que determinó las características del género “narrativa documental”; por ejemplo, la adecuación estética de los testimonios orales. Un poco más de absurdidad y dolor para una historia que exuda ambas cosas en cada página.


Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán
Svetlana Alexiévich
Debate
336 páginas
$ 269

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