El Indec revela un preocupante esquema de distribución del ingreso

Sobre la base de datos oficiales del cuarto trimestre de 2016, surge como penosa realidad la vigencia de una asignación de la distribución del ingreso muy concentrada e inequitativa, que posterga las posibilidades de por lo menos la mitad de la población argentina económicamente activa.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) encaró un estudio para verificar no sólo la realidad en esa materia sino su tendencia, lo que permite configurar el escenario social que surge de analizar un colectivo de 16 millones de titulares de ingresos.

En términos generales, la media mensual para todo el colectivo era de 11.033 de pesos, aunque lo inquietante es que alrededor de la mitad percibía menos de 8.500 pesos, cifra que apenas cubría la canasta familiar, que ascendía a sólo 7.649 pesos.

En tanto, en el decil de la cúspide de la respectiva pirámide distributiva se concentraba el 30,3 por ciento del total de ingresos.

El informe destaca que “un aspecto relevante es que la distribución del ingreso de la ocupación principal, es decir de los ingresos del empleo, mejoró en un 16 por ciento”, pero con ello no se llega a cubrir la suba del rubro alimentación, pues la realidad superó al índice anual de 17 por ciento que usó el Gobierno (ahora se maneja 25,7 por ciento) para la elaboración del Presupuesto 2017.

Otros indicadores

A fines de 2015, el coeficiente de Gini –instrumento estadístico utilizado para medir el grado de concentración o redistribución del ingreso, donde el cero significa redistribución perfecta y el uno, el máximo de concentración– había sido de 0,409. En el segundo y tercer trimestre de 2016, involucionó a 0,428 y 0,438, respectivamente, para culminar el cuarto trimestre retornando a 0,428.

Por su parte, la conocida encuesta que elabora la Universidad Católica Argentina cotejó la evolución entre 2010 y 2016, en especial en los escalones más bajos, y detectó que, en ese lapso, la brecha negativa para los desocupados y subocupados (los que trabajan menos horas que las que desearían) se amplió del 9,7 por ciento al 18 por ciento de la población económicamente activa.

Si se suman los trabajadores reconocidos como “marginales”, el referido coeficiente trasunta la verdadera magnitud que ha adquirido esa situación.

Conclusiones y soluciones

El panorama descripto se complica más aún, pues existe la convicción de que sólo mediante un avance en la extensión y calidad del sistema educativo se podrán mejorar las condiciones de vida en la mitad de los grupos familiares, y ello requiere un mayor gasto público en esta área, lo cual no parece haber sido incluido como prioridad por la administración pública.

Debe recordarse que los ciclos preprimario, primario y secundario están a cargo de las jurisdicciones provinciales, las que afrontan serias dificultades presupuestarias.

El ciclo que recepta a los niños de 3, 4 y 5 años, según coinciden los estudios especiales sobre el particular, es importante para lograr un buen resultado en los siguientes ciclos. Pero apenas el 11,5 por ciento de los niños de familias pobres los cursan.

Un indicio no menos expresivo surge de evaluar la calidad y características de la vivienda familiar. En este caso, se considera “vivienda digna” cuando por habitación viven y duermen habitualmente no más de dos personas.

En estas condiciones de precariedad se encuentra el 30,2 por ciento de los hogares argentinos, relación muy elevada que se agrava de forma sustancial por la escasa cantidad de metros cubiertos que se construyen o que están al alcance por el escaso poder adquisitivo.

Lo expuesto permite advertir cuánto habrá que hacer para inyectar algo más de justicia y de equidad en la distribución.

* Economista

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