La oración por Martina continúa

Oramos por vos, Martina. Le pedimos a Dios, pero sobre todo, nos pedimos a nosotros, los hombres. Tal vez lo hacemos con un rezo, con un rosario en la mano o sólo orientamos el corazón hacia vos y pensamos cada latido que sentimos; pensamos en vos y en tus latidos.

La esperanza de tu corazón es la esperanza del nuestro. En momentos como este, acaso nos encomendamos a Dios, pero este es un asunto de los hombres; nosotros tenemos que salvarte, nosotros tenemos que salvarnos.

Queremos que vivas, Martina. Necesitamos que estés entre nosotros, que crezcas, que alguna vez tengas noticias dulces de la vida. Por eso es que estamos vivos, Martina, porque entre tanto infierno de dolor que creamos en la Tierra, la vida aún es bella.

Necesitamos que seas niña, Martina, para poder pedirte perdón a vos y a todos los niños que sufren, que mueren a manos de nuestros desvaríos, de nuestra perversión.

Necesitamos que un día seas mujer, Martina. Y que cuando eso suceda, ya nadie se sienta con derecho a tomar para sí tu porción de humanidad ni la de ninguna mujer.

No te mueras, Martina.

Por favor.

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Estas palabras que preceden fueron escritas y publicadas en aquella incipiente y dolida primavera de hace tres años. Entonces, la pequeña de apenas 21 meses vividos peleaba por sostener la luz en sus ojos después de haber sido arrojada a la oscuridad de una alcantarilla de la ciudad, junto al cuerpo asesinado de su madre, Paola Acosta.

La agonía y las sombras de Martina eran nuestra agonía y nuestras sombras. La comunidad cordobesa se sentía estremecida por el espanto de los hechos y por la espesura de los fantasmas que nos atraviesan la integridad de mujeres y de hombres, de seres humanos.

La pequeña había sido encontrada el domingo 21 de septiembre, luego de 80 horas de estar sumergida en el horror. Poco más de un año después, su padre fue condenado a cadena perpetua por el crimen, que recién en marzo pasado fue calificado como femicidio por el Tribunal Superior de Justicia de la Provincia.

Martina no murió: tuvo suficiente ansia de vida en sus ojos para aferrarse a la luz y sigue entre nosotros, creciendo al amparo de la ternura, ese sentimiento esencial que sostiene los días de los niños, su esperanza de futuro y la de todos nosotros. Así debe ser, silenciosamente.

Seguimos necesitando que viva, que crezca y que el día en que sea mujer ya ningún hombre se sienta con derecho a tomar para sí la vida de ninguna mujer.

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