“Nunca olvidaré los rostros de los que mataron a mi marido”

Sus manos de laburante parecen anudadas y no sueltan el llavero. Sus nerviosos dedos hacen girar el anillo de metal que une las llaves una y otra vez. Sus profundos y achinados ojos oscuros están clavados en un punto de la mesa y no se mueven. Como quien se acaba de despertar y relata una pesadilla, la mujer habla y hace fuerza para contener la angustia.

De pronto, se quiebra. Las lágrimas empiezan a caerle y su boca se tuerce en una mueca de dolor que pareciera brotarle del alma

“Si yo no hubiera aceptado que me lleve al trabajo… Si yo me hubiera ido sola, como siempre, si me hubiera tomado el colectivo y él se hubiera quedado en casa, ahora estaría vivo. Estaría conmigo, con nosotros”. No hay consuelo para Ana Vijarra. No lo hay ni lo habrá por ahora.

Han pasado cuatro días desde que su esposo y compañero de toda la vida, Walter Hugo Gorosito (51), ese vecino a quien muchos querían de tanto verlo trabajar, ya sea como panadero, albañil o naranjita, ya no está más.

Gorosito murió el sábado a la noche tras recibir un traicionero puntazo en el tórax a manos de uno de los jóvenes que quisieron robarle la moto en una de las oscuras y abandonadas calles de San Roque, al oeste de la ciudad de Córdoba. Dejó tres hijos y seis nietos.

El destino hizo que muriera desangrado a sólo 100 metros de su vivienda.

Los ladrones escaparon sin robar nada a través del “campo de los milicos” –como llaman al enorme predio concomitante con la Escuela de Aviación–, hasta esconderse en villa La Tela.

Algunos en el barrio señalan que la muerte de Gorosito estaba “cantada”. Motivos no faltan.

Es que en esa esquina, esa maldita esquina donde las luces están rotas a propósito, distintos ladrones asaltan al que ven fácil. Las presas más buscadas son quienes esperan el 44 en la parada del colectivo. Ese sábado ya le habían robado la moto a un joven.

Walter vivía desde hace años junto a su mujer en calle Aviador Gómez 5262. Sus hijos ya habían emigrado a formar sus familias.

Como la plata no alcanzaba, además de las tareas domésticas, Ana había comenzado a cuidar por las noches a una mujer de otro barrio.

El sábado le tocaba cumplir con su labor. Walter se ofreció a llevarla. “¡Qué te ibas a ir sola! Vamos que te llevo”, le dijo mientras arrancaba su moto Mondial 110.

En realidad, ya era su tercera moto. A las otras dos se las habían robado en distintas oportunidades, siempre del frente de su casa.

La muerte lo esperaba

Y allá partieron al anochecer. Iban despacio, como a Walter le gustaba manejar. Conducía tranquilo, seguro. Se sabía vecino de siempre del barrio, conocedor de todos y todas, sabía qué hacer ante un imprevisto. No sabía que la muerte lo esperaba, implacable.

Ana recuerda que al pasar por el frente de la parada de colectivos aparecieron dos siluetas. “Uno se vino encima mientras sostenía algo en la mano, y hacía un ruido como para asustarnos. Hacía ‘fssshhh’… Mi marido perdió el control y con la luz de la moto los encandiló. Nunca me voy a olvidar los rostros de esos dos. Nunca…”, dice la mujer.

La secuencia fue rápida. Ella sintió que quisieron apuñalarla, cayó a la calle y quiso correr a los ladrones, pero se contuvo. En eso, escuchó un lamento: “Volvete Ana, me pegaron”.

Su esposo yacía tirado, malherido, con un puntazo en el pecho. Los gritos de la mujer alertaron a varios vecinos que salieron a ayudar. Cuando la ambulancia por fin llegó, Walter ya estaba muerto.

“Siempre roban ahí, allá y más allá. Atacan como quieren. Saben que la Policía no aparece nunca”, contó luego una vecina.

“Si no me hubiera llevado a trabajar, estaría conmigo”, repite la mujer. “Sólo pido justicia, que los agarren, que los condenen”, dice, sin dejar de restregarse los dedos.

Un joven de 19 años, quien vive en la vecina villa La Tela, está preso por el crimen. Un fiscal lo imputó por homicidio en ocasión de robo. La Policía insiste en que es el autor material y que confesó.

Ahora, los investigadores buscan a su cómplice, menor de edad.

Ana dice que no sabe qué hacer, cómo seguir con su vida. Sus dos hijas y su yerno la miran. Las chicas se fueron del barrio, cansadas de la inseguridad.

Hoy, los vecinos marcharán por Walter. Pedirán justicia con velas.

Un comisario intentó disuadirlos para que no se manifiesten ni llamen a la prensa.

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