Cuaderno de Viaje: Monte de Venus

Existen alrededor de 2.500 pueblos deshabitados en Italia. Terremotos, guerras, hambrunas y otros cataclismos han modificado el paisaje humano durante el último siglo. En algunos se ofrecen casas por un euro bajo promesa firmada de restauración. Es moda entre los jóvenes ricos del norte la compra de casas de veraneo en el sur con esta modalidad. En otras villas se han abierto las puertas a los que huyen del terror en oriente o el África.

“Gobernar es poblar”, dijo alguien alguna vez y a eso los romanos ya lo sabían. Uno de los encantos de la Europa rural es que cada piedra con la que se tropieza fue usada una y otra vez para algo. A cada paso, construcción y destrucción se dan la mano y juegan a la belleza. A trescientos kilómetros en auto del estrecho de Mesina, apenas cien desde Palermo después de diez horas en ferry desde Nápoles o en vuelo directo desde Roma, todos los caminos conducen a Trapani. Las raíces de esta ciudad se hunden en el cielo. El primer asentamiento de la región está siempre oculto por las nubes. Dice la historia que “u’munti”, el monte, fue habitado por todas las civilizaciones del Mediterráneo, y la mitología cuenta entre sus visitantes a Heracles, Odiseo, Dédalo, Eneas y otros héroes que han dejado sus leyendas en la roca como turistas con aerosoles.

Media hora en auto o la mitad en funicular permiten poner pie en la fortaleza. Se pasa de los cuarenta y pico de grados de las salinas del Tirreno a menos de quince en menos de lo que se tarda en advertir la falta de abrigo. Las ventanas de la cabina del cable-carril están nubladas por inscripciones en marcador. Huellas de amores o lápidas de vacaciones ya extinguidas. La traza morisca se eleva en murallas normandas construidas a partir de piedras griegas y romanas. En Erice los fantasmas son de carne y hueso. Cuando termine el verano volverá a ser un pueblo abandonado, una Pompeya más, sepultada por las cenizas del cielo y los copos del silencio. Camino a la chiesa matrice está la Pasticceria Maria Grammatica. “Prego, pasta di mandorla e genovesi di Erice. Grazie mille”.

Los dulces sicilianos siempre tienen un fondo amargo por el aceite de oliva. Como el amor según Safo de Mitilene en uno de los poemas más viejos que se conservan. Los vinos dulces del país, Moscato di Pantelleria y Marsala, liman las asperezas y bañan los peñascos con almíbar. El Duomo dell’Assunta se levanta en el mismo lugar que ocupaba el palomar de la Venus Ericina y con las mismas piedras. María, la paloma de los cristianos, domina el altar donde antes se criaban los pichones consagrados a Astarté, Venus y después Afrodita. Uno de los misterios del amor es que se reconstruye a partir de sus propios escombros. Un japonés experto en teología comparada viajó a Medio Oriente hace algunos años en busca de Jesús.

Tardó tres días en encontrarlo. Un día para recuperarse del vuelo, otro para hacer una visita guiada por Jerusalén y el tercero se dedicó a caminar por el desierto. Se alejó hasta que las murallas se perdieron de vista y al rato sus ojos buscaron el cielo. El único lugar de donde podría venir algo: el agua como bendición o el rayo como destrucción. Volvió a su hotel y escribió que las religiones basadas en la esperanza sólo echan raíces en medio de la nada. También escribió que, a falta de olas, volcanes u otros portentos naturales, un rostro bello y un gesto amable pueden ser gestos de divinidad dignos de adoración.

Cosas que uno piensa mientras mastica galletas de harina de almendras en un Castello di Venere que nadie habita desde hace cinco siglos y cruza mirada con unos ojos que parecen salidos de la espuma. Como la diosa de Botticelli. Entre las rompientes del cielo las terrazas se abren de a ratos al mar que todo lo vio y todo lo verá. Sicilia es la Andalucía de Italia. El mataroccu no tiene nada que envidiar al mejor salmorejo de Córdoba o Sevilla.

Va bien como primo antes de una invultina a trappanesa, nuestra milanesa a la napolitana pero arrollada al estilo de los flamenquines de Granada o Cádiz. A veces busco entre las cocinas de Europa los cimientos de la nuestra, y otras no. Elijo un coniglio iardato para acompañar un Alcamo Bianco. Las uvas verdes de la isla tienen gusto a piedra mohosa. Conejo a la cacerola con oliva y ajo, en homenaje a esa escena de Il Gattopardo donde Burt Lancaster piensa bajo un olivo que su hora ya llegó. Como Cristo en Getsemaní. De las ramas cuelgan los conejos y contra el tronco descansa la escopeta.

Giuseppe Lampedusa decía que el siempre de los hombres dura apenas un siglo o dos y que Sicilia lo sabe porque ha visto pasar a todos los hombres. Me prometo volver a Erice en invierno. La melancolía es un plato dulce y amargo que se come frío. Cannoli con dátiles y pistachos de postre.

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