Traspaso

Como cada mañana, despertó temprano. Con pesada modorra abrió la ducha, y de pronto, la alegría lo inundó: ¡era 31 de diciembre!

Sonrió y no dejó de hacerlo hasta salir de su casa; el esperado momento del traspaso había llegado.

Para asegurarse, envió un sms confirmando la hora. Clásico y desconfiado.

“Querido Año Nuevo: No olvides nuestra reunión a las 12. Seré puntual. Gracias, un abrazo, Año Viejo”.

La respuesta inmediata llegó por WhatsApp. Un escueto “Oki”, más el emoji guiñando un ojo.

A paso cansino, Viejo llegó al bar antes de lo pactado y ocupó una mesa contra la ventana. Buena luz para repasar su libreta llena de fechas, recomendaciones, consejos y encargos.

Nuevo llegó puntual y lo sorprendió con un beso en la mejilla; Viejo se sintió anticuado con su mano extendida.

Dedicaron los primeros minutos a estudiarse en silencio. Viejo miraba a Nuevo con ternura, pensando en lo que le esperaba. Nuevo miraba a Viejo con piedad, pensando por lo que había pasado.

Viejo comenzó el diálogo enumerando momentos que habían ocupado su período. Relataba todo con lentitud, tratando de no olvidar detalles. Le sorprendió gratamente la atención que le dispensaba Nuevo; aunque este no abandonara su conexión al chat.

“Esto es lo más importante que debés recordar: Todo -repito, todo- debe transcurrir hora por hora, día tras día sin saltear ninguno; especialmente el tiempo de los niños ¿está claro?”, recalcó Viejo mirando por encima de los lentes.

“Muy claro”, respondió Nuevo, “día por día”, repitió pausadamente, asegurando que memorizaba cada palabra.

“El orden también es fundamental: día-noche, día-noche. Si esto cambia, la gente se altera. Si los chicos no duermen de noche o si no juegan al sol, sufren”, explicó Viejo.

“Entendido, maestro; los chicos”, pronunció el joven, marcando cada palabra.

“Y otra cosa: las estaciones demandan un esfuerzo extra, ¡altera el humor de todos! 

El verano los sofoca, el otoño los confunde, el invierno los aplasta, y la primavera…   quién sabe…   Ya nada es como antes”, suspiró Viejo.

“Okey”, respondió Nuevo, con paciente suavidad. “Lo voy a tomar en cuenta”.

“…  Y faltaría hablar de otros tiempos, los históricos”, anunció el mayor, y dedicó largos minutos a explicar el alboroto social, los cambios políticos, las fechas trascendentes, los encuentros y los desencuentros que había registrado. 

Finalizó confesando sus dudas acerca del Tiempo ¿era sólo una creación humana?

Nuevo lo miró incrédulo. “¿Pero…   y nosotros?”.

Viejo pensó la respuesta. 

“Nosotros sólo somos referencias para el crecimiento de los chicos y la maduración de los grandes. Para saber cuándo festejar sus cumpleaños, pasar de grado, tener amigos de la edad y ser adolescentes”.

“¡Qué notable!, siempre hablás de los niños, viste?”, dijo Nuevo, apoyando su mano en el hombro de Viejo.

La emoción brotó en Viejo, resultado del gesto y del comentario.

Es verdad, no había reparado sobre qué importante eran para él los chicos; la magia de ver transcurrir el tiempo por sus humanidades… 

Viejo no tenía hijos. Era un anciano a horas de jubilarse y de pronto, un casi extraño, fresco y desprejuiciado lo interpelaba sobre el tiempo y la niñez. ¿Qué relacionaba uno con otra?

Con prudencia, dejaron que el silencio los envolviera. Viejo, pensando en lo que quedaba por decir; Nuevo, curioso por el lugar de privilegio de los niños.

“¿Acaso los chicos son el Tiempo?…”, dijo de pronto. 

De distinta manera, la frase los estremeció a ambos. 

Nuevo y Viejo, juntos pero a punto de separarse, pensaron que no llegarían a develar el enigma.

A la medianoche, se despidieron con un abrazo entrañable. Nuevo se marchó apurado, esquivando la emoción por dejar atrás al maestro. Viejo, tristón, pidió otro té.

En cada casa comenzaban a resonar los brindis…   y las risas del Tiempo. 

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