Recúpero

Por Carlos Federico Quarleri*

La figurita más difícil del álbum era Puntorero, de Atlanta, y la segunda más difícil era Recúpero, de Vélez. En el barrio de Boedo transcurrieron los años más sustanciales de mi infancia. Mi casa y sus alrededores eran mi reducto y mi refugio. Estudiar era una responsabilidad que no terminaba de asumir. Prefería jugar a la pelota y a los autitos en el patio interminable del inquilinato (al que mi familia llamaba conventillo) o a la pelota y a las escondidas en la cuadra con los pibes.

En el aula de tercer grado la pasaba mal. Mi desconcentración o concentración en lo que deseaba hacer y tenía prohibido en horario escolar, mi falta de empatía con algunos de mis compañeros, aunque simpatizaba con otros, y el trato distante y autoritario de la maestra, señorita Stronelli, formaban un abanico que se agitaba en medio de un ambiente tenso, asfixiante, desagradable.

Mi válvula de escape era el último recreo. No recuerdo por qué motivo ese recreo era para los varones de toda la escuela como una feria del juego de las figuritas. Se intercambiaban o se compraban y vendían (con las moneditas que nos daban nuestros padres para comprar alguna golosina) o simplemente se jugaba. Y esto era lo que a mí me interesaba. Intercambiar no me hacía ninguna gracia y desviar fondos destinados a la compra de golosinas, jamás.

Básicamente se jugaba en tres modalidades: “espejito”, “tapadita” o “punto”, entre dos o más jugadores. Había que arrojar la figurita, redonda claro, colocándola en el cuerpo de la uña del dedo pulgar que la catapultaba, debajo del dedo índice articulado como si fuera un “pico de loro”.

El “punto” mano a mano me hacía segregar adrenalina. Nada se le parecía, ni siquiera los desafíos de una cuadra contra otra cuando jugábamos a la pelota. El “punto” consistía en que cada jugador arrojara la figurita contra el zócalo de una pared a su turno. La figurita más próxima al zócalo coronaba al ganador. Pero si no era mano a mano me daba igual jugar en cualquiera de las variantes. Casi ningún pibe jugaba con las figuritas que no tenía en su álbum, se jugaba con las repetidas.

Yo tenía cierta “pica” con un pibe de cuarto grado al que llamaban Baldo, apócope de Baldomero. Morocho, morrudo, bastante más alto que yo y mayor que el resto de sus compañeros de grado ya que era el único repitente. “Fana” de Vélez, además.

La rivalidad con Baldo se había originado a principios de ese año cuando él había agredido a un compañero mío, Horacio, al que me unía una entrañable amistad y al que defendí hasta que nos separaron. Con Horacio nos reuníamos todos los domingos que no lloviese, con absoluta religiosidad, en la vereda de su casa para jugar un “arco a arco” (fútbol uno contra otro, con arcos formados por dos árboles de la vereda a cierta distancia de un lado y la pared del otro, unidos por un travesaño imaginario que se ajustaba a la altura que determinaba una negociación entre ambos jugadores). Las chirolas que juntábamos apenas nos alcanzaban para comprarnos una “Pulpo”, esa pelota de goma saltarina e indomable que a ninguno de los dos contentaba. Entonces, preferíamos jugar con una pelota de trapo: un bollo de papel envuelto por sucesivas bolsitas y sucesivas vueltas de un calcetín en desuso, suturado para su mejor conservación.

La ceremonia arrancaba cuando el relato del “Gordo” Muñoz se desprendía a todo volumen de la radio Spica posada sobre una moldura que había en la pared del frente de la casa de Horacio y terminaba cuando Ada, su mamá, nos llamaba a comer pizza junto al resto de su familia.

Todo era mágico: nuestra edad, el barrio, “jugar a la pelota” y saborear una de las pizzas caseras más exquisitas que probé. Seguramente todos estos recuerdos perduran potenciados por la nostalgia de una etapa primordial de nuestras vidas.

En cierta oportunidad, viendo cómo yo “pelaba” de figuritas en el juego a mis compañeros de grado, Baldo me propuso jugar sólo al “punto” mano a mano. ¡A mi juego me habían llamado! (¡nunca un dicho tan certero!). Con el tiempo, la paridad en los resultados terminó generando una competencia feroz.

Un viernes de agosto en aquel último recreo, Baldo me desafió a jugar con actitud de guapo orillero, como tantas veces. Entre que tirábamos y juntábamos figuritas pasaban segundos. Por minuto jugábamos dos o tres vueltas. Al rato empecé a notar que casi no me habían quedado figuritas. En términos futbolísticos, me estaba “bailando”. Por primera vez se había roto la paridad. Me jugué la última figurita. Gané la única vuelta. Sonó el timbre.

Cuando sonaba el timbre que indicaba la finalización del recreo debíamos quedarnos inmóviles en la posición que estuviésemos. Aproveché aquel momento para levantar mis dos figuritas: la que había puesto en juego y la que había ganado.

Al volver a nuestras respectivas aulas, Baldo me increpó requiriéndome que le mostrara aquellas figuritas, creo que con fines de robo. Me negué rotundamente. Forcejeamos como cowboys en duelo de puños hasta caer entrelazados en uno de los charcos del patio que se había formado por la tormenta del día anterior. Hasta que una de las maestras de la escuela nos “puso en vereda”: ¡cada uno a su aula, sin chistar! (nos salvamos de ir a la dirección). Y ya en el aula, como premio a la inconducta, recibí de manos de la inefable señorita Stronelli un bellísimo punterazo en el “coco”, un clásico de aquella época.

Lo único que me inducía al llanto eran las palabras, nunca los golpes. Me la banqué como un señorito, aunque tenía más coraje para pelearme por defender a alguien querido que para defenderme. Pero la cosa no terminó ahí. Antes de formar fila para salir de la escuela escuché a centímetros de mi oreja derecha, acompañado de un rocío de saliva, el famoso: “te espero a la salida”. La salida del colegio era de menor a mayor, por ende, era yo el que tenía que esperar.

Iba con paso temeroso rumbo a la esquina de Boedo y México, cerca del quiosco de Miguelito. Sentí el aliento de Baldo en la nuca diciéndome: “devolveme la figurita”. Seguí caminando. Giré, se paró frente a mí: “¡devolveme la figurita o te cago a trompadas!”, vociferó en un tono más incisivo. Le di la figurita y seguí caminando.

“¿Me estás cargando, boludito?”, volví a escuchar antes de cruzar la calle. Le había dado la figurita que había puesto en juego, no la que había ganado. Esto lo había tornado de peor humor. “Es la única figurita que tengo”, le dije. “¡No, hijo de puta, tenés la que me ganaste!, espetó ya desquiciado (sin respetar que la había perdido en buena ley, por su distracción o vaya a saberse por qué). “No tengo ninguna figurita”, insistí.

Manoteó uno de los bolsillos de mi guardapolvo encontrándose con un pañuelo de tela prolijamente plegado. Manoteó el otro bolsillo encontrándose con caramelos “1/2 Hora” y un paquete abierto de galletitas “Colegial”. Sin mediar más palabras, completamente fuera de sí, me aplicó un “uppercut” en la nariz que me hizo perder la vertical. En el piso, hecho un ovillo envolviendo mi portafolio, me propinó tantas patadas y tan fuertes en las piernas como nunca habría de sentir en mis años de futbolista amateur. Para mi suerte, se acercaron unos cuantos adultos para interrumpir la golpiza y tratar de calmar a la bestia. Al momento de huir para casa sólo habían logrado el primer objetivo.

El trayecto de la escuela hasta mi casa era de tres cuadras, pero en aquel momento me parecieron de tres kilómetros. Caminaba de costado mirando hacia atrás como Richard Kimble, “El Fugitivo” (la serie yanqui de moda por aquellos años). Mi “vieja”, ¡pobre!, al verme entrar a casa con el pañuelo en la nariz ensangrentada se alarmó como era natural para cualquier madre. Con pasmosa calma le dije: “me caí en la calle, mamá, estoy bien”, camino al baño para lavarme la cara y recibir los primeros auxilios de mi “viejita”.

– ¡”Má”, no te preocupes! Voy a la pieza a guardar el portafolio -me anticipé-.

– Pero no te demores, hijo, que la comida se enfría… -me respondió algo más tranquila-.

Abrí el portafolio. Saqué la cartuchera de los útiles escolares. Entre el transportador y el compás había atesorada una figurita. Abrí el álbum y la pegué. Era Recúpero, de Vélez, la segunda figurita más difícil, la que completó el álbum que cerré y aferré a mi pecho imaginando la primera pelota de fútbol de cuero que tendría en mi vida.

*De 62 años, nació en Belgrano y vive en Parque Chacabuco con su pareja. Tiene una hija, es empleado administrativo y un escritor aficionado que ya presentó el libro de poemas “Los extraños colores de las mariposas”.

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